Nietzsche comprimidos para niños y adolescentes | PERIODISMO DE ESCRITORES

Nietzsche comprimidos para niños y adolescentes

jueves, 27 de diciembre de 2012 3 comentarios

Una buena manera de acercar la filosofía a los mas pequeños

Escrito por: Lic Ramón D. Peralta




Nadie supo cuando nació, ni donde ni por que vino a este mundo, de hecho solo se lo conocía por su retórica. Algunos suponían se trataba de un hombre sabio, otros de un hombre loco, pero los más, solo lo ignoraban. Caraestraste había convertido el silencio en su mejor silogismo y su expresión facial en su mejor semántica. Una palabra y un gesto construían un texto, y dos oraciones redundaban en teatralización. Su adusto semblante era una carta de presentación, pero su inquina desafiante plegaba en dobleces la misma extravagancia sobre toda razón. 



En cada rincón se ocultaba el leit motiv de un reclamo, y en cada gusano azuzaba la demanda de una tierra que decía aborrecer. Con cada paso, sus pensamientos se detenían, como quién detiene el tiempo, para padecer en el infinito. En esa aura de omnisciencia uncía a su yugo la conciencia, en la apariencia de alguien que domina el inconsciente. 



Ante un “Buen día Don Caraestraste”, solía responder: “no sé qué tiene de bueno, los días son todos iguales”. Y ante trivialidades tales: “¿cómo se siente hoy señor?, contestaba: “no entiendo por qué habría de preocuparle semejante tontería, si ni a mí mismo me importa”, y a veces, solo en raras ocasiones acotaba: “a usted realmente no le interesa como me siento, y su afán por arrancarme del sosiego es su fuente de menosprecio. Si usted supiera como se siente, no estaría mascullando en este momento”.





Este tipo de diálogo, solía dividir las aguas entre osados y comunes. Esos pocos iluminados por destellos de divinidad, eran quienes se animaban a repreguntar. Los demás, huían despavoridos, absortos, indignados, los muchos, extasiados en odio y malhumorado fervor. Caraetraste despertaba pasiones, y solo su porte cansino, longevidad y fama de pocas pulgas, lo inmunizaban de la golpiza. 



Solo los niños rompían tal ladino karma, y si eran pobres, agigantábase el ariete. Había un vínculo especial entre Caraestraste con la niñez. Quizás hallaba redención en la esperanza, tal vez si tenía una misión para su eterna nada. No repartía golosinas, pero les enseñaba el valor de la dulzura, no entregaba regalos, pero les enseñaba a visualizar su inutilidad, no le daba monedas, pero les enseñaba a serle indiferente, no le daba consejos, pero les enseñaba a vivir. No les enseñaba lo que debían buscar, sino lo que realmente era importante en este universo. No les enseñaba a reír, pero si les mostraba las alas francas de la magia en el sufrimiento. Nunca les habló de la luz, solo les enseñó como prescindir de la oscuridad en los sentimientos. Jamás les habló de perdón, solo les indicó como desandar el sendero de los propios miedos.





No pudo mencionar la palabra felicidad, pero con cada momento compartido fueron felices. 



Pero esos niños crecían y como todo adulto olvidaban. La memoria de un adulto se torna su peor enemigo, y solo el niño que llevamos dentro es quien nos recuerda la enseñanza de Caraestraste. Los adultos son quienes asesinan a los niños, les condenan de por vida al infierno de la cotidianidad. Los arrojan al supramundo de las cosas para que pierdan su humanidad. Ese niño muere como niño y se transforma en un hito, un fantasma, un capricho. Deja de ver lo real, para deambular errante, vagabundo y sin sentido, para que las cosas inanes e inertes piensen por él. Fatídico destino el del niño educado como para amar las cosas en detrimento de lo trascendente, y aunque se intuya como decadente, el adulto no puede parar. 



Tampoco los adultos son dignos de suicidio, en el culto de esta vida, todos juntos os habréis de matar, y que ese niño tutelado no nazca jamás mientras vivan.





Caraestraste hace mucho tiempo se enfrentó con la sociedad, hizo un barco a sus ansias y se indultó en libertad. Que los otros hagan su vida, yo bregaré por la humanidad. Y así fue, como contra toda corriente y marea se quedó solo, enfrentado a la “verdad”. Eligió sus mejores compañías y salió a naufragar. Cuando la primer gran ola, se entendió lo que había querido pregonar, pero resultó tarde, lo temprano es reiniciar. Dicen que por esos tiempos se llamaba Noé, algunos forasteros lo recuerdan por Gilgamest. Poco importa su pasado, Caraestraste es inmortal en su mortalidad, y solo su amor por la vida, lo mueve a perseverar. Nazca el niño nuevamente, pero que no crezca jamás. Los hombres de grande se vuelven pequeños, hasta llegar a ser menos insignificante que las cosas que necesita para ser alguien, y en medio de tan famélica alma, mil veces maldecirá la realidad. 



Vaya paradigma, para salvar la humanidad, es menester que desaparezcan los hombres, que al polvo vuelvan los que de polvo son. Quizás la quimera de la carne y la razón, termine en el rincón de donde salió, y que cada ilusión recupere la otrora ignota dimensión.











Conocí a cancerbero de cachorro, es hora de soltarle la cadena, y que la sirena con sus huestes se levante de su siesta, en su canto la señal. Pobre niño que nunca nació, al tronar de las tribulaciones os habréis de salvar. Querubines, colibríes y serpientes han de cuidar al nonato, y ante el parto de la nueva vida, los magos sin regalos os habrán de bendecir. Que cuando coma de la manzana, nadie lo quiera condenar, y que cuando conozca su Eva, las cosas queden en su lugar. Caraetraste implora ante el pasado que el futuro se haga presente, y que el ausente quede como está. Dadle al niño desnudez, y entregadle divinidad. Que el hombre sea Dios, nadie se interponga en tal comunión, nada más hermoso que reunir devoción en el amor, y aunque alguno sea el impostor, cederá el dador para que uno mitigue al otro, y el otro sea yo. 



El superhombre es el niño por nacer en soledad, quién habrá de crearse en soledad, para que aprenda sin los hombres, que la vida no es búsqueda infame, desenfrenada e histérica por capital. Ese superhombre que necesita de si, para sí y por si, para que prevalezca sobre las cosas como espíritu, alma y corazón. Quizás la razón no sea razón, y el bien se amalgame con el mal. Muera también Caraestraste, el misántropo, ya no tienes que enseñar. Y en  el inframundo, esos viejos hombres, en la reflexión profunda, austera y divina encontrarán ese niño nuevo, sano, impoluto, incorruptible, que os habrá de salvar del magno lozadal de remordimiento. Pero que la llama eterna de la expiación sea diáfana, que duela, que marque, que no nos haga olvidar. Nadie aprende de la felicidad, pues que el miedo final sea el claustro, y la maestra: oportunidad.




Blog del Dia
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+ comentarios + 3 comentarios

Anónimo
27 de enero de 2013, 19:58

Wow, ¿esto es obra suya?. FELICITACIONES AL AUTOR,SOBERBIO. Antonio Mercado

Anónimo
8 de abril de 2013, 12:37

Impresionante, el mismo Nietzsche se asombraría de esta versión. Saludos al filósofo. MarioM

Anónimo
10 de septiembre de 2013, 8:26

Excelente, en muchos sentidos, en especial el filosófico.

Dante Calaterra Muñoz (Madrid)

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