Jubilados, la maldita generación | PERIODISMO DE ESCRITORES

Jubilados, la maldita generación

martes, 12 de febrero de 2013 1 comentarios

Escrito por: Lic Ramón D. Peralta



Aunque a veces no recuerdo lo que no quiero, pocas veces hago revisionismo sobre mi edad. Lo pasado que quede como eso, y que el presente sea usina de ilusiones e infantilismo para con un futuro cada vez mas acotado. Así quiere ver la vida un viejo que aun tiene ganas de engañarse y festejar. Los gerontes instruidos somos hábiles estafadores y tahúres del pesimismo, y aunque el escepticismo parece tal, en el fondo somos tan ilusos y crédulos como podemos ser. No hay mejor forma de esperar la muerte, que en la indiferencia de alguien que elige ignorar un desenlace final plagado de certidumbre. Ladina contradicción, mucho mas que temor, es arrogancia, soberbia ergo jactancia de una racionalidad cuya filosofía muere con la evaluación. Hoy, como bien se ve,  me levanté de buen humor. 


En uno de los foros donde me gusta transitar, debatir, aprender e investigar (Taringa), me topé con un joven pasional kirchnerista, que si bien suele responder de manera refleja y automatizada, puso esta vez, en tela de juicio a toda mi generación, como si supiera algo de ella, y como si con eso él y su causa hallaran la tan ansiada "redención". Claro que lo lógico es asumir, que solo fue una devolución que pretendió ser ofensiva e insultante (como de costumbre), pero aunque sería muy tonto de mi parte tomarme dichas palabras con seriedad, mentiría si admitiera "que no estoy escribiendo sobre el tema", ergo que no me movilizó o apesadumbró. 


Es verdad, mi generación es una porquería, so proviene de tiempos donde todo era diferente. No había internet, no había computadoras, ni celulares. No existía la Play Station, los smartphone, ni los home  theater, es mas, no había televisión,...bueee, de hecho solo existía la radio como todo medio de comunicación eléctrico (amén del telégrafo), porque ni siquiera existía la electrónica (soy nacido en Argentina). Las radios eran del tamaño de un modular y funcionaban a válvulas, y ni siquiera habían aparecido los transistores. No disponíamos siquiera de calculadoras, ni aparatos raros de ningún tipo. 


Crecíamos rodeados de hermanos, vecinos y amigos. En esa época la familia era una institución, grande, fuerte y confiable. El abuelo era la máxima autoridad, y en orden decreciente todos teníamos un lugar donde encontrar cobijo, protección y amor. Pero no todo era púrpura e hidalguía, so nos formamos con estrictos principios y postulados morales, so la ética no era algo teórico, y el respaldo a la palabra era sustantivo y medular. Cuidar el apellido o el "buen nombre" era causa sui, y mentir o suscribir falsas promesas, era visto como una falta imperdonable. 

Jugábamos con "complicados" juegos, como el balero, la canicas o bolitas, coleccionábamos figuritas, construíamos juguetes propios en forma de maquetas o bien tallando algún madero. Jugábamos al fútbol con pelotas hecha de trapo o medias, y en la mayoría de las veces lo hacíamos descalzos porque teníamos que cuidar las zapatillas para ir a la escuela o el colegio. También teníamos algunas zonzas pero estrictas simbologías, como el afeitarse, trabajar y estudiar a la vez, y el uso de los pantalones largos, "galardón" que solo se ganaba con hombría y responsabilidad.

 

La mayoría de mi generación comenzaba a trabajar a partir de los 10 años, y también era frecuente hacer toda la secundaria mientras se aprendía algún oficio, arte o profesión, en paralelo a ayudar ergo aportar dinero a la familia. Todos los que trabajaban en mi familia debían colaborar con mi madre, quien era la administradora del hogar. Mi padre era el principal sostén, y era el líder de nuestro clan. 


Mi generación nunca aprendió a insultar a una persona mayor, a un policía, a un soldado y mucho menos a una maestra. Jamás supimos lo que era la droga, simplemente porque no había, y si había nunca nos enteramos. Desde muy niños nos inculcaban la cultura del trabajo honrado, como único camino posible rumbo al progreso. Antes que cualquier otro bien, ya siendo mozos, nos enseñaban a comprar, y mas que eso, a edificar nuestra propia casa. A nadie se le hubiese ocurrido por aquel entonces comprar un automóvil antes que tener su primer "techo". Para una mujer ser ama de casa, era además de normal, un honor y una empresa en si misma, ya que solo con el sueldo del marido alcanzaba comúnmente para mantener dignamente a toda la familia. Nadie hablaba de aborto, separación o divorcio,...es verdad, había mucha hipocresía, pero también había mucho compromiso, seriedad y solemnidad.  


En el pueblito donde nací, nadie entraba los sillones, las mesas o las bicicletas, porque no había hurtos y mucho menos robos. Nunca nos obligaron a cerrar la puerta con llave, porque estas permanecían sin traba, a sabiendas que podía impedir la entrada de algún vecino, amigo o familiar. Los pocos malandras que había se conocían, pero tenían sus códigos, ergo no se metían con gente cercana ni vecinos. Y si bien había peleas, nunca se trataron de emboscadas o arteros ataques en patotas, so los pleitos se arreglaban mano a mano, pues menos que eso equivalía a grangearse el mote de "maricón".  


Claro que también eramos pasionales, pero esas pasiones no estaban dirigidas a caudillos, partidos políticos o dogma político alguno, ergo nos apasionaba la familia, casarnos por amor,  es decir casarnos formalmente con esa persona amada (matrimonio),  formar una buena y linda familia, tener muchos hijos, y honrar el nombre que heredamos de nuestros progenitores. Nada causaba mas pasión  que hacer sentir orgullosos a nuestros padres, y por antonomasia a nuestra prole en plenitud. Ser buen amigo, empleado y estudiante eran objetivos sublimes, y no faltar al trabajo una atávica auto-imposición. Eran tiempos donde el aforismo: "no trabaja el que no quiere", dirimía todo tipo de dilema seudo ideológico, y donde el cliché "hay que agachar el lomo", se erigía como una sencilla metáfora de la abnegación y el espíritu de sacrificio imperante. Laburar duro, gastar poco, ahorrar y no fanfarronear eran máximas con grado de ley. Obviamente el hiper-consumismo hoy de moda, tampoco existía 


Soy hijo de inmigrantes, y conocí la rudeza y grandeza de esos espíritus forjados a fuego por la crueldad y la injusticia de las guerras. Esa gente nos enseñó un  camino que pocos parecen recordar por estos días, donde el embuste, el engaño, la excusa procaz y el ardid no tienen cabida. Los errores no tenían argumentos válidos, y la mala fe no se perdonaba. Era gente con mucha experiencia en las miserias del hombre, por ende las dobles intenciones y la apócrifa moral, la olfateaban a varios kilómetros de distancia. Claro que el criollo odió a mis predecesores, porque los ponía ante un espejo donde el contraste se magnificaba elocuente,  crudo y sin  filtros. Parece mentira, pero aun sigo rememorando esos sabios consejos, máxime en tiempos donde se desperdicia mucha imaginación en pos de justificar lo injustificable.  



Y sin embargo nos equivocamos, estoy seguro de ello, porque somos los padres de los padres de ésta generación que hoy cree saberlo todo, y que se arroga el derecho de tener la "absoluta razón", lo cual incluye decidir con cuanto dinero debemos morir. Evidentemente fallamos como padres, porque nuestros hijos erraron el sendero, aquel que hizo grande a una nación en una Edad donde estaba todo por hacerse. De estar entre las 10 mejores economías del mundo, las nuevas generaciones creen tener a sus mesías, mientras éste país, que tanto esfuerzo nos demandó, no deja de caer y caer (aunque ellos vean solo alucinaciones y espejismos). Asumo la responsabilidad que me cabe, pues aun  sigo siendo digno integrante de una generación que no le hace asco al bulto ni huye de sus problemas y responsabilidades. 


Las mas grandes fábricas, empresas y obras públicas fueron edificadas por mi generación, tal es así, que fuimos la última que dejó ahorros macro en el país como nunca mas se repitió. Las casas, campos y departamentos que tienen nuestros hijos y nietos, fueron en su mayoría levantados con el sudor de nuestras manos, y de hecho hoy,  cada vez le cuesta mas a un joven asirse de una propiedad como en otrora. Somos de la generación que vio la llegada del primer televisor hasta la última computadora, pero a diferencia de estas nuevas huestes de "sabiondos", podemos hacer cuentas, contabilidades,  cálculos matriciales,  logarítmicos, trigonométricos, ecuaciones complejas y aritmética con números primos, etc, sin necesidad de una calculadora o una PC. Un ingeniero, arquitecto o contador de mi generación, puede entregar su trabajo aunque se corte la luz por varios días, porque aprendimos a trabajar y pensar sin tecnología. 


Los escritores, filósofos y ensayistas de mi  generación pueden escribir días enteros sin parar con lápiz y papel, o bien, con una vieja máquina de escribir, sin necesidad de software de corrección. Tampoco necesitamos de wikipedia o google, para componer un buen trabajo académico, pues nuestra memoria fue domesticada a base de mucho uso y entrenamiento, porque aun preservamos como tesoro eso que para algunos hoy es impensable: cultura general. Lo se, porque tengo hijos universitarios que frecuentemente consultan a su padre, toda vez que que internet no contiene lo que ellos buscan. Es cierto, somos viejos decrépitos, abatidos y agotados, pero con una instrucción, formación y educación que dudo pueda ser imitada en el futuro, por obvios motivos. 


Ojo, somos nada, ya nadie nos quiere tener en cuenta, y en pocos años mas, no quedará nada palpable de mi generación, quizás por ello escribí este petit dislate, a conciencia que ni siquiera le presté la debida dedicación literaria, so el sentimiento y la propia petulancia me llevó a improvisar cada una de las palabras y silogismos que ven, en la convicción de que, cual ícaro adormecido,  se levantará como declamación, arenga, en pedido de auxilio. Esta generación vive como vivíamos de joven, pero con la salvedad, y sensible diferencia de que nosotros idolatrábamos a nuestros abuelos. En mis tiempos no existían los geriátricos, simplemente porque a ninguna familia de aquel entonces se le hubiese ocurrido abandonar a su suerte a un familiar o ser querido fuera de nuestro hogar,...."una locura". No hablo de cosas materiales, hablo de amor, de familia, de dignidad, de humanismo. 


Para finalizar, solo me resta decirles a ustedes, los jóvenes del presente, que algún día también serán parte de ésta impostora "tercera edad", rogándoles que a la hora de opinar y debatir políticamente sobre jubilaciones, recuerden que nosotros no somos solo números y estadísticas. Mas del 73 % de los jubilados argentinos cobra la jubilación mínima que no llega ni a los $ 2.000 mensuales, en medio de semejante cuadro inflacionario, y donde la canasta básica ronda los $ 4.600 (mínimo). Y si fuimos culpables de algo, pido perdón en nombre mío, recordándoles que los gobiernos y los caudillos pasan, pero las injusticias cuando magnas, nunca se olvidan. Y si tienen dudas de ésto que acabo de testimoniar, por favor consulten con sus padres, porque ellos fueron formados por nuestra generación, y   a modo de perogrullo os digo, serán los próximos de la "lista", ergo comprobarán que éste texto no está lejos de la verdad. Hoy somos una carga, pero también es cierto que en antaño  fuimos los cargadores. Y Que Dios se apiade  de lo que queda de nuestras vidas. Buen día.-    




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Anónimo
7 de abril de 2013, 8:13

Muy emotivo, la verdad que hasta me hizo lagrimear, porque es la pura verdad, los ancianos y abuelos son la variable de ajuste de un gobierno que su ufana de un progresismo y solidaridad, pero que se construye desde Puerto Madero. Mis respetos al autor

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