Filosofía: La irresponsabilidad como catástrofe institucional | PERIODISMO DE ESCRITORES

Filosofía: La irresponsabilidad como catástrofe institucional

sábado, 6 de abril de 2013 5 comentarios


Escrito por Lic Ramón D. Peralta


Esperé algunos días para escribir sobre algo que solo tiene importancia temporal en algunos, pero que promete volver a los naturales cauces de la ataraxia y la apatía, que nuestra cultura colectiva lleva como herencia genealógica. Pero "siempre que llovió, paró"; se enfrenta a "siempre que gozábamos del sol, se nubló y llovió". Claro que la inundación es otra cosa, entonces es exagerado construir el axioma: "siempre que estuvimos seguros, nos inundamos". ¡Señor está equivocado!, - Nunca nos inundamos, hasta que nos inundamos". Claro que Noé se hizo famoso junto a su Arca homónima, por hacer justamente todo lo contrario de lo que hacía la mayoría, incluso a pesar de sus asfixiantes burlas y críticas, pues en esa postura antidogmática ante las mayorías que si lo son, halló la salvación. Y si bien el agua bajó, aun la sociedad argentina sigue inundada, de dudas, de hastío, de miedo, indignación,  pero también de ignominia, oprobio e irresponsabilidad. 

La primer reacción colectiva e individual, fue como ya es costumbre:  "buscar al o los culpables". ¿Quién fue el responsable de toda ésta desgracia?, porque obviamente "yo no lo soy" y tampoco lo es  mi grupo de pertenencia, tampoco lo es mi partido político, y mucho menos el Jefe o la Jefa, mi "idolatría". Así es como, las primeras noticias sobre la ya típica inundación en la Capital Federal de Argentina, mostró a un atávico Macri ausente, mientras las hordas de fanáticos kirchneristas,  rebosaban en cinismo y épica proselitista. Al día siguiente, cuando comenzamos a anoticiarnos de la catástrofe acaecida en la capital de la provincia de Buenos Aires, - La Plata - la mas grande del país, fueron los opositores quienes no dudaron en aprovechar tal circunstancia, para contra-atacar y redoblar la embestida, también de tipo proselitista, porque tampoco allí estaban los políticos. Mientras ésta sórdida disputa política se presenciaba en los medios de comunicación, había argentinos que estaban muriendo en la mas inhumana desaprensión, soledad y abandono. ¿Dónde estaban los responsables?, resonó casi al unísono, como si todos en éste país, fuéramos cultores de una exótica religión panenteísta. 

   

Digo que es exótica, porque amamos y practicamos como culto, la edificación y  búsqueda de culpables ergo responsables a posteriori de los accidentes y catástrofes, pero solo para redimirlos y redimirnos ante la coyuntura, para luego de un breve lapso de tiempo absolver a los presuntos responsables de toda culpa y cargo, que en algunos casos adopta la forma de "prescripción", pues la dinámica de los sucesos políticos es tan vertiginosa, que nuestra memoria suele hacer de la amnesia colectiva, su mejor sesgo estructural ante el impostor "tiempo". En otros casos, los culpables con el tiempo dejan de ser sujetos, para transformarse por arte de la versomancia y la superchería idealista, en objetos de simbologías impersonales. No importa cuantos muertos nos haya dejado ésta nueva experiencia de entre las experiencias olvidadas, porque nada tienen de nuevo en realidad, tampoco importa quién fue señalado con los cinco dedos de la mano, pronto todo volverá a su lugar, y nuevos hechos, acciones y por ende emociones y pasiones, darán lugar al "loop" acostumbrado: "acá nada paso, sigamos adelante, porque lo importante es progresar y consumir".  

Es la historia de un pueblo, que no recuerda, que no aprende, que no quiere aprender, es la historia de un idealismo patético, hermético y oscurantista, que confunde en ese dogmatismo extremo, al pueblo con el líder, y al Estado con el partido político. Tal es así, que cuando habla Cristina, para los integristas y fanáticos K, "habla el pueblo", pero cuando opino yo, usted o el vecino, en calidad de mero ciudadano, somos ninguneados, insultados y desacreditados, siendo que somos realmente miembros de ese pueblo. Es triste que hagan falta éste tipo de catástrofes, como para que la sociedad en conjunto pueda abrir los ojos, aunque sea por una vez, un instante, un segundo, luego de una década de ceguera y fundamentalismo. Pero claro, ¿para qué filosofar ante una sociedad que se las "sabe todas", y que ante la incertidumbre reacciona con la superstición que caracteriza a un dogma político como el que tenemos?, una sociedad forjada a fuego por estereotipos declamativos, auto-exculpatorios y autoreferenciales, jamás podría aceptar una sola responsabilidad, aunque en el fondo la culpa golpee impiadosa pero autocompasiva. Los culpables, obran en un vademecum de responsables, donde a la cabeza figura el imperio yankee, y en la cola están quienes "no saben votar, pues no votan como nosotros". Para un dogma tan ceñido en falsas creencias y en ignorancia supina, los responsables están claramente identificados: son los "otros", "los demás",  "aquellos que están por fuera", "esos que nos miran con recelo", "los malos". 


Tampoco hablo de política como causa sui, ni de climatología, ni de accidentología, ni del arte de la prevención, mucho menos de ingeniería hidráulica, hablo de filosofía ética, social y moral, quizás también quiera hacer catarsis en una metafísica sociológica que se recrimina a si mismo, aunque quizás solo quiera jactarme de lo mucho que se sobre mi propia ignorancia, o puede que sea lo que usted piense en éste momento o en otro, todo es posible, y mucho mas;....lo mismo que la probabilidad de repetir una y otra vez los mismos errores o soberbias. Somos una nación que se muestra orgullosa ante el mundo de su titánica irresponsabilidad, mala conciencia y peor heurística.  
    


Responsabilidad significa ser capaz de responder, haciéndose cargo de los propios actos, decisiones y obligaciones. La responsabilidad es la deuda de obligación que exige reparación y satisfacción por sí misma o por otro, como resultado de un hecho grave, inaudito o frecuente, pero que no merece ni resiste repetición. Es el cargo moral que genera un error grosero e imperdonable en algún asunto, olvido o inacción determinado, sin importar demasiado si proviene de un accidente evitable o no, o si superviene por otro tipo de causación. Sólo la persona responsable es digna de crédito cuando algo se hace bien, y digna de crítica, cuando algo se hace con buenas intenciones, pero sale mal. Qué no es el caso de nuestros políticos, quienes simplemente no son responsables ante nada ni nadie, merced a una sociedad que tampoco es responsable, ni sabe de ello colectivamente, ¿Quién le pone el cascabel al gato, si ni siquiera nos hacemos cargo de que somos ratones?. Platón dice que "cuando alguien permite que la pasión le ciegue el juicio, o fija su atención en lo bueno que puede tener lo malo, es responsable; y que por ende, la falta de responsabilidad es ignorancia".





Asimismo, Osho, no del todo novedoso, pero si vigente; afirma que: "Cosechamos lo que sembramos; y que somos responsables de todos nuestros actos; y que tener conciencia de la responsabilidad que nos compete, es el inicio de la transformación y el comienzo de una nueva vida". En estos casos, el "ego" busca causas afuera,  porque así siente que tiene que cambiar. El estado de inconsciencia del ciudadano argentino es tal, que todo lo que hace le produce sufrimiento a él mismo y a los demás. Así es como tradicionaliza culpar a los otros, al gobierno, a la oposición, a gobiernos extranjeros, al imperialismo, a la Iglesia, al comunismo, al neoliberalismo,  a la mala suerte, a la naturaleza, al destino, etc, pero nunca reconoce sus propias faltas, sin entender que sólo en el momento en que asume toda la responsabilidad de lo que "es como sujeto", es cuando su "ser" se ilumina y emprende el camino de la transformación interior.



Tal vez sea bueno comprometer a la responsabilidad con el demodé "sentido del deber", caracterizada por una magnánime disciplina moral, aprendida por empirismo, ontología, cultura social, o solo por  propia convicción, fe y orgullo. Se la suele definir como una doctrina  donde el deber está ligado a un orden racional o a una norma o conjunto de normas que dirigen el comportamiento humano hacia el puerto de la autorealización. Algunos autores dividen los deberes en secundarios y absolutos; los primeros tienen menor importancia, pues dependen de la voluntad del individuo; y los absolutos surgen de la exigencia de la naturaleza humana, como condicionante inevitable. El deber en consecuencia, tendría a priori su fundamento en la razón y la libertad, so sería guiada por el valor del deber mismo y la fe,  estando ambas ensambladas por el principio ético: "hacer el bien evitando hacer el mal en los demás". No obstante,  no existe un verdadero patrón del "deber" cuando éste se hace por presiones sociales o políticas, por temores, por estímulos económicos, por la promesa de cargos o puestos laborares dentro del partido político gobernante,  por coacción o porque se puede recibir un premio o reconocimiento social difundido por los medios,  si dicho deber se lleva a cabo.






Tampoco debemos olvidar que la culpa se conjuga con el sentido de culpabilidad, pero no en su antimateria, culpar a los demás. El otario soberbio culpa a terceros, porque se siente atrapado en la pléyade mitológica que impone la deformación en la omnipotencia y omnisciencia introspectiva y retrospectiva, quien centrípetamente envilece al sujeto que es presa del autoengaño, patología psicológica muy frecuente en los líderes políticos, esclavizados y condicionados por las masas aduladoras y lisonjeras. En cambio el orgullo racional que nace de una disciplina moral bien encauzada, produce otro tipo de soberbia, que aquí solo la tildaremos de positiva a secas.  



En este sentido es conveniente no olvidar la connotación positiva que, ya en su etimología latina, posee la palabra; puesto que la calificación de un acto como soberbio u orgulloso puede ser sinónimo de óptimo o de belleza en el acto o acción. En la filosofía objetivista de Ayn Rand, en particular, el orgullo es una de las tres virtudes principales y se define como autoestima apropiada que deviene de la ambición moral de vivir en plena consistencia con valores personales racionales propios, pero que son también cóncordantes con la comunidad. Para Nietzsche, la soberbia es una virtud elevada, propia de hombres superiores, la cual conduce a una honestidad absoluta consigo mismo (lo cual hace imposible cualquier trampa o acto deshonesto), pero también la vende como inherente a la valentía y superación constante, aquella que siempre busca estar por encima de los demás, y  que, lo realiza sin ocultarlo ante nadie en aquello y en todo, sublime espontaneidad y sinceridad. 





Pero hay una soberbia netamente negativa, y es la misma que parte de las ideologías y creencias dogmáticas, tanto sean religiosas como políticas, quizás una de las peores formas de soberbia, también la mas violenta, dañina y agresiva. Es curioso, y aquí abro un pequeño paréntesis: si se me diera por insultar a estas alturas a algún líder político argentino, sería exiguo el costo, porque tampoco los dogmáticos son de leer mucho por fuera de sus propias "encíclicas espartanas". Otro condimento que hace,  que la ignorancia supina, halle en los ideales de los dogmas políticos, un ámbito insuperable (como caldo de cultivo) para que las pasiones, fanatismo, integrismo y el fundamentalismo anulen toda posibilidad gnoseológica de cambio, apendizaje y crecimiento cultural, intelectual, moral y espiritual.     


No es extraño, pues, que éste tipo de creencias y misticismo ideológico, religioso, mitológico y político alaben subconcientemente la ignorancia como fuente de dicha. Estas creencias promueven que la tradición o la disciplina al líder es el valor social fundamental respecto a las preguntas que puedan abrir la mente al conocimiento de nuevos aspectos de la realidad. Paradójico también, en la medida que muchos de éstos ideales se autoproclaman "progresistas", mientras en su camino y andar "misionero" hacen añicos las libertades individuales y en especial, el librepensamiento. Si la ignorancia absoluta no existe, pues hagamos del dogmatismo un medio, para que el fin sea la dominación de las masas sumidas en la ignorancia, regla de lo cual no escapan las clases medias ni altas.  


Esto explica por que en las creencias culturalmente religiosas: "Dios ha hecho así las cosas y es necesario conformarse con esa voluntad divina o simplemente, aceptar que las cosas son así porque si, qué le vamos a hacer", ergo justifican y mantienen esta ignorancia y haciendo de esta necedad un freno para el desarrollo y progreso intelectual y por ende, social. Lo expuesto también aplica a las creencias dogmáticas de orden político, donde es el líder o caudillo quién hace las veces de deidad o autoridad suprema. Entonces, resulta fácil entender el sentido del conocimiento, del saber y la educación (la buena), como contrapunto a la ignorancia, cuando siempre ha sido una crítica y oposición a creencias religiosas, políticas y mitológicas,  así como al ejercicio del poder social, que consagran el status quo sectario y que, como resultante, dificultan la evolución hacia el futuro, tal es el significado de denuncia del espíritu de la ilustración y la idea de progreso social unida al crecimiento de la cultura de la población. Hay muchos libros y autores que versan sobre esta problemática, pero de entre todos los que he leído, pocos son tan claros como el escrito por Immanuel Kant en 1784, "Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración?", donde encontramos su célebre aforismo: "atrévete a saber". Valga esta sola oración como el mejor resumen de su libro. Los dogmáticos no quieren saber, y toda su atención esta puesta en ratificar y justificar una y mil veces su dogma y lo injustificable. 



En el resto del mundo "civilizado", esta ignorancia en la actualidad,  no se acepta como valor positivo y, aunque se subraya su carácter de valor negativo, no obstante,  se procura aplicar con vehemencia y fanatismo,  en muchas modalidades de la acción social. La censura, las restricciones a la libertad de prensa y opinión,  la información tendenciosa y/o manipulada o la desinformación intencionada, etc; constituyen todavía un freno para el desarrollo del conocimiento y la educación,  bajo el supuesto de que la ignorancia facilita el ejercicio del poder. Poder que adquiere especial relevancia, cuando es ejercido desde los medios de comunicación, que tienden por eso a estar muy controlados tanto por los poderes políticos como por los económicos, procurando en el proceso la polarización de los medios, y en condicionamiento de las posturas realmente independientes, tanto de unos como de otros.



Pero volviendo a la "culpa", según Nietszche en su texto, la "Genealogía de la moral":

"Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro,  esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denomina su alma. Todo el mundo interior originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido. Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra los viejos instintos de la libertad -las penas sobre todo cuentan entre tales bastiones- hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresividad, en el cambio, en la destrucción -todo esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la mala conciencia. El hombre que falto de enemigos y resistencias exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se desgarraba, se perseguía, se mordía, se roía, se sobresaltaba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal al que se quiere domesticar y que se golpea furioso contra los barrotes de su jaula, este ser al que le falta algo, devorado por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a base de sí mismo una aventura, una cámara de suplicios, una selva insegura y peligrosa -este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la mala conciencia".

Elocuente, cruel pero harto realista, el gran alemán, no hace otra cosa que refrendar un concepto de culpa, que siempre tuvo mucho de utopía, pero también mucho de invención colectiva y fetichismo distópico. Durante muchos siglos de imperio del dogma cristiano, el ser occidental, giró en torno a la dualidad metafísica y teológica, que hacía  pendular las almas y la sinrazón entre el flagelamiento de la propia culpa impuesta por los sacerdotes en base a puro fundamentalismo maniqueo, y la culpa que emergía de esa profunda fe en la existencia de un Dios todopoderoso. Así es como la culpa iba de un extremo a otro sin escalas intermedias, dependiendo de "cuan creyente era uno". Los mas creyentes siguieron por la senda del vaticano, aceptando que todo era "mea culpa" y los que eran proclives a descargar culpas en Dios, con la aparición de la reforma, se "reformaron", para con el iluminismo terminar conformando el hoy hegemónico grupo de: "Los no creyentes", pero que no han dejado de ser dogmáticos como en otrora, solo que mutaron su idealización en un dogma de tipo político, quien llena el "vació espiritual", ante la eterna y no asumida, falta de responsabilidad. Es por ello, entre tantos otros factores, que el liberalismo (primero) y luego el marxismo, le robó tantos "creyentes" a la religión. Pero busquemos entonces que los une, porque de las divisiones ya hemos hablado un "poco". 

Cuando hablamos de puntos de intersección y unión, entre dogmas religiosos y políticos, lo primero que se destaca es la propensión tanto individual como colectiva al autoritarismo , y en consecuencia al totalitarismo. En el libro "La Personalidad Autoritaria" de Theodor  Adorno (con la colaboración de Frenkel Brunswik, Sanford y Levinson) se dice que la personalidad totalitaria sufre de una ostensible represión, un bloqueo emocional de origen inconsciente, cuya resolución sólo es posible mediante un refugio en actitudes intolerantes y autoritarias. Escrito como un excipiente intento de explicar el fascismo desde el psicoanálisis, intenta salir en auxilio de un Freud malinterpretado y mal usado (lo mismo que le pasó a Karl Marx del otro lado), quien llegó incluso a desautorizar la teoría sexualpolítica de W. Reich, autor del bestseller "Psicología de masas del fascismo", quien fuera el  primero en vincular la frustración sexual y el carácter autoritario en política.




Un  tema bastante entretenido, sobre todo, para líderes como Chávez, Cristina, Perón, Kirchner, Stánlin o Hitler. Por su parte, Erich Fromm había elaborado en la década de 1930 una serie de cuestionarios con los que pretendía teorizar (influido por el psicoanálisis) a los obreros alemanes a partir de las categorías de "autoritario", "revolucionario" o "ambivalente". De este trabajo  seudo empírico, se infería que los obreros eran básicamente partidarios del nazismo (el equivalente al populismo actual en latinoamérica). Fromm se exilió y arrastró durante muchos años (y muchos libros), su perplejidad intelectual ante el fenómenos de una clase obrera que supuestamente habría sido abducida por Hitler porque, en hipótesis, el nazismo sería algo mucho más profundo que una actitud política (un dogma). En aquellos años, aun no se asumía que la religión podría ser equiparada con un dogma de orden político, cosa que aun en Argentina, algunos trogloditas se niegan aceptar.  Pocos podían entender y convencerse que la ilustración había conducido al hombre y las sociedades pos-industrial,  a la barbarie,  y que las masas fuesen los auténticos sujetos del  lavado de cerebro, con un inhumano pero aglutinante antisemitismo, so parecía imposible de comprender desde la "buena conciencia" del progresismo utópico. Su obra clásica "El miedo a la libertad"  de 1941, sintetiza todas sus reflexiones sobre el tema. 



Cuando en 1942 Max Horkheimer (el director por ese entonces del Instituto para la Investigación Social, hoy conocida como "Escuela de Frankfurt") se contactó con el Comité Judío Americano, para presentarle su propuesta; era muy claro lo que se pretendía: no  meramente describir el prejuicio de lo que se pensaba, sino explicar el peligro inmanente a fin de poder ayudar a su erradicación , entendiendo esta palabra como sinónimo de re-educación, pero planteada como un "algo científico", ergo planeado como fundacional de una comprensión obtenida por medios científicos.






Mientras Hannah Arendt se interesaba por la banalidad del mal, los miembros de la Escuela de Frankfurt (replegados en California durante la segunda guerra mundial) se cuestionaron la "monstruosidad de lo banal", es decir, lo que había de siniestro en los prejuicios de las "clase populistas" para que en determinadas situaciones pudiese llegar a abrazar el fascismo. La tesis de fondo de Adorno y sus colaboradores es que el fascismo no constituye específicamente un problema alemán, sino que se generaliza en tendencias típicas de la sociedad occidental en su conjunto y específicamente, que canaliza miedos atávicos de las clases medias y bajas. De hecho, entre los trabajos preparatorios para el estudio, Adorno analizó los discursos de un predicador fanático pero religioso, de nacionalidad norteamericana - Martin Luther Thomas, - fundador de la "Christian American Crusade" a quien el propio Adorno satirizara en "Me gustaría ser Hitler" 



Adorno defendió y escribió lo que había empirizado en "Mínima Moralia" donde sustuvo que: "el fascismo es la dictadura de los que tienen delirio de persecución, y que por ende convierten en realidad, todos los temores de persecución de las víctimas". De esta manera, cualquiera que sienta miedo a perder su poder, su nivel social, o la ayuda estatal lograda,  puede responder de forma autoritaria hasta llegar a los extremos de convalidar el genocidio,  sin que se le caiga un solo remordimiento. Los estereotipos inducidos por los medios de comunicación de masas, la fragilidad de los vínculos familiares y de la familia pequeño-burguesa, etc; conllevarían en su opinión, gérmenes de conducta fascista, incluso cuando el fascismo estaba ya militarmente derrotado. El campo de estudio de Adorno hace referencia a lo que él denominó "el fascista potencial", título que alguna vez quiso dar a alguno de sus trabajos posteriores.






Aunque no soy apologista de Adorno, ni mucho menos, si rescato algunos de sus conceptos, por considerarlos tan adelantados como visiblemente vigentes. También comparto la preocupación de Adorno,  no ya por la "personalidad revolucionaria" (el tema de Fromm) sino por la anatemática "personalidad democrática", aunque en el fondo ambos (Fromm y Adorno) coinciden en que la personalidad autoritaria tiene un sentido compensatorio de la "inseguridad del yo" ante un  "superyo" que en uso de la "suma del poder" lo condiciona. En uno u otro momento todos podemos sentirnos inseguros, pero cuando esa inseguridad se proyecta como sesgo de la personalidad, habrá de pensarse entonces en el autoritarismo como algo mucho mas profundo en la psiquis del ser. En el planteamiento de Adorno se trata de mostrar que cualquiera puede ser un enemigo de la democracia, dependiendo de cuan débil es su carácter o control ante los dogmas políticos, que siempre obran como totalitarios. 

La confusión no es menor, cuando vemos como las personas víctimas de ésta inundación, tanto de clases medias como bajas,  pudieron verificar cual era la verdadera condición del Estado en manos del kirchnerismo. "Mas estado" suelen pregonar los funcionarios que gobiernan, mientras su dogma exalta la necesidad de un "Estado fuerte, grande y plenipotenciario", para justificar la limitación y cercenamiento de los derechos, garantías y libertades individuales, incluso participando en la regulación de la renta privada, y sus negocios, mientras abandona en simultáneo las tareas que SI son inmanentes al Estado, tanto por esenciales como por trascendentales, me refiero a la educación, la seguridad, la defensa y la salud pública, justamente las áreas, donde recurrentemente vienen fracasando.  Es curioso lo que pasó, porque por un lado vimos la hermosa reacción de los ciudadanos, quienes impetuosos, procedieron a reemplazar al gobierno, tanto a la hora de los primeros auxilios y socorros, como a posteriori, con la donación de bienes, enseres, menajes y servicios de ayuda social y comunitaria. Lo cual dejó en evidencia que éste Estado es grande solo cuando entran en juego sus ciudadanos, pero que asimismo es tan pequeño como el gobierno que lo administra, dejando en claro, que la grandeza de un Estado no está en el intervencionismo de lo privado, sino cuando es eficiente cuando se encarga de lo público. Cuando un gobierno no cumple con sus deberes públicos, no le queda otra, que depender de la voluntad de sus ciudadanos, quienes por derecho natural, pasan a ser el lazarillo del gobierno, so el verdadero Estado. Nuestro Estado es grande, lo que es ínfimo es el gobierno y con el, todo lo que es público. No por algo la deuda externa, ahora es deuda interna, y a pesar de ello, aun se ataca a la clases medias, una injusticia alevosa, sobre la cual vale la pena escribir. Vaya aquí mi reconocimiento a las clases medias de mi país, sin cuya existencia, ésta Argentina sería imposible de sostener, pero ¿por qué?, ¿por qué seguimos sin cambiar nada que sea importante?. No obstante, también pudimos sopesar la contracara de la "buena gente", en los vándalos y delincuentes que se aprovecharon aun de estas enormes desgracias para robar y saquear, exaltando en ese oscuro sendero, la dualidad de un mismo pueblo, donde una parte es plenamente venerable, y la otra rotundamente execrable, so ¿cuál es la buena gente a la que se refiere el kirchnerismo?, ¿por qué se sigue atacando entonces a la clase media?....   


Hay muchas respuestas para las preguntas incorrectas, y así es como andamos al garete por el mundo de la filosofía y peor, por la vida dogmática, claro que cuando uno estruja las teorías de famosos filósofos de cartel, la consecuencia natural se da en el pesimismo y el escepticismo. No quiero desperdiciar la oportunidad, para darle otra vuelta de página al absurdo, ergo comentar algo sobre la filosofía nodriza (en apariencia) del dogma populista que hoy se vende como posmodernismo, pero que se compra como oportunismo pragmático. Originariamente algunos supusieron que el posmodernismo era un tema de la estética, y que por ello, habría colonizado "áreas cada vez más amplias" del mundo del saber social; incluso según Ernesto Laclau, expandido "hasta convertirse en el nuevo horizonte de nuestra experiencia cultural, filosófica y política".  Me encanta Laclau, sobre todo a la hora del desayuno. 

Pero si el sujeto es visto esencialmente como una función del lenguaje, la sofocante mediación de éste y el orden simbólico, en general ascendente, se debería ubicar en el primer lugar de cualquier agenda político-populista. Visto está, que el posmodernismo que supimos conseguir para nuestras Pampas, se flagela tratando de comunicar lo que se encuentra más allá del lenguaje, "para mostrar lo inmostrable", o si prefieren, para justificar lo injustificable. Mientras tanto, dada la duda radical introducida en cuanto a la disponibilidad para nosotros de un referente en el mundo exterior al lenguaje, lo real desaparece de la reflexión, o cuanto menos se muestra invisible ante las percepciones de la catástrofe. Jacques Derrida, la figura central del "ethos posmodernista", procede como si la conexión entre las palabras y el mundo real fuera arbitraria, so como si las palabras fueran mas importantes que los sentimientos. El "objeto" mundo no desempeña ningún papel para él. El agotamiento del modernismo y la aparición del posmodernismo requieren, antes de volver a Derrida, unos pocos comentarios más sobre los precursores y el cambio más amplio en la cultura. El posmodernismo plantea cuestiones sobre la comunicación y el significado, de manera que la categoría de la estética, al menos, se convierte en problemática. Para el modernismo, con su feliz creencia en la representación, el arte y la literatura, mantienen como mínimo cierta promesa de aportar una visión de realización y armonía. Hasta el fin del modernismo, la "alta cultura" fue considerada como un depósito de sabiduría moral y espiritual. Ahora, con estos "genios posmodernistas", no parece existir tal creencia, al intentar revelar una apócrifa ubicuidad de la cuestión del lenguaje, en el vacío dejado por el fracaso que propuso el dejar al hombre como esclavo de una dimensión gnositiva  mas allá de las estructuras del lenguaje, siendo su pecado no el minimizar el neo-estructuralismo, sino el de creerse superador de un conjunto de falacias, con nuevas formas de autoritarismo y superstición.  


No quiero finalizar este ensayo, sin recordar a otro de los grandes de la filosofía, so me temo que a estas alturas ya no parecerá una provocación hacerse eco de la nueva barbarie que se divisa en el horizonte. Desde que en 1798 el sabio clérigo Thomas R. Malthus expuso su famoso principio de que el crecimiento de la producción sería siempre contrarrestado por uno mucho más rápido de la población. Con esto, puso en tela de juicio por primera vez,  la idea de que el progresismo indefinido sería el causante de caos y  crisis cíclicas e ininterrumpidas, ergo una de las nociones claves de la burguesía ilustrada. No obstante,  no faltaron los agoreros, sobre todo en el siglo XX, empeñados en mofarse de los cursos catastróficos para nuestra civilización, cosa que estamos viendo año a año. La explosión de la primera bomba atómica, en 1945, inició una nueva etapa de la humanidad, al contar al fin con los medios técnicos para autodestruirse, sin embargo, aun seguimos jugando de inmortales, cuando bien sabemos que nunca pudimos controlarnos de la inmanente curiosidad que trae de fábrica la humanidad, la misma que nos dice que si tenemos una bomba de destrucción masiva como la atómica, la usaremos, no una, sino varias veces, hasta que finalmente "toquemos fondo y aprendamos merced al rigor". Y si hay algo que descuidar y destruir, como nuestro ecosistema, tampoco nos privaremos de destruirlo. El mismo rigor que necesitamos en Argentina, para aprender a construir una mínima cultura que nos permita entender y en consecuencia prever los accidentes y las catástrofes naturales que sabemos son repetibles. 



Es detestable comprobar como el posmodernismo, cuanto menos no se toma de la estética, para pergeñar una tal que sea en el humor, porque no hay catástrofe que no sea motivo de humor para el posmodernismo, una pena que Laclau, Moffet o Forster, se hayan olvidado de ello. El humor como filosofía unificadora, es muy importante. Sin embargo no existe una estética del humor, como tampoco hay una estética de la  tragedia en la catástrofe, aún menos una ética, ...¿deberé describirla algún día?  Quizás no sea prudente verla. Si toda experiencia esta signada por el fracaso, nada más humorístico que la tragedia. En la esencia de lo trágico reside la majestuosidad del humor. El espíritu de la solemnidad que detestaba Nietzsche es precisamente lo opuesto a lo trágico y por consiguiente ignora absolutamente lo que significa el humor como experiencia , y sobre todo como teología y metafísica negativista de la salvación. 



La erudición no puede dejar de ser solemne, y solo porque esos eruditos cartelizados se creen sabios, porque en realidad lo intelectual es netamente jocoso, en virtud de que el sentido del humor es patrimonio ya no de la filosofía, sino de la misma inteligencia. En cuyo caso, el dogmatismo del posmodernismo, procura para si una especial  ignorancia, que es verdaderamente trágica y edípica,  sobre todo porque se ignora a si misma, y lo que peor, se justifica a si misma. El fracaso del iluminismo halla sus fronteras en un posmodernismo, que asume con soberbia una maniquea ignorancia, que superviene ante la esencia de lo trágico, resignándose sobre la significancia de la catástrofe, y soslayando en el camino la dualidad del humor, como el deseo de inmortalidad que se abre sobre la sed de lo absoluto, es decir,  una muerte póstuma . Pero el humor nos salva de la solemnidad del absoluto y nos devuelve a la experiencia de la finitud sin otra culpa que haber consentido al insensato juego de soñar, imaginando que lo he de escribir, de descifrar, y de buscar en los códices de los incunables ocultos de los acontecimientos. Toda vida es catastrófica, pero deja de ser graciosa cuando no nos hacemos responsables, quizás en pleitesía de un posmodernismo que goza de mala salud y peor conciencia. Los argentinos somos irresponsables, y solo por ello, las catástrofes seguirán viviendo  en nosotros como tal. 





Pero somos inocentes de todo, porque como buenos cultores populistas, decidimos construir esta suerte de amorfo conservadurismo dinámico, donde lo novedoso es revestirlo de coraza "popular", haciendo que los cambios nos dejen siempre en el mismo lugar. Los antiguos ascetas se caracterizaban por la sabia actitud de indiferencia respecto de lo que no es bueno o virtuoso. La adiáfora producía en el orden afectivo la apatía y la ataraxia por aquellos conceptos que no procuraban felicidad para el pueblo, siendo la catástrofe su peor enemigo. Pirrón proclamaba la indiferencia absoluta al dogmatismo político como único camino para conseguir la felicidad; esta actitud era derivada de su filosofía teorética que proclamaba también la indiferencia entre dos proposiciones contradictorias y la consiguiente imposibilidad de hallar un criterio de verdad, que hoy se podría traducir en la antítesis de la militancia, pues la militancia que sostiene a un dogma político en el poder, se asemeja a la militancia o activismo que oponen los partidos opositores, pero que se conjugan en una misma irresponsabilidad filosófica ante la catástrofe social. Si no eres capaz de asumir responsabilidades, no eres capaz de ejercer la política, mucho menos de representar los intereses del pueblo.     

No existen los altos riesgos, cuando los políticos no se sienten obligados a ser responsables, ante un marco donde la sociedad tampoco quiere hacerse eco de las suyas. Es por ello, que los privilegiados no pierden la esperanza de poder ir resolviendo sus  problemas más acuciantes (poder, dinero, fama, reconocimiento y prestigio), prescindiendo de los problemas de los comunes,  sin tener por ello que renunciar a sus privilegios, hasta que un día sea demasiado tarde y nos veamos abocados nuevamente a otra catástrofe, en un círculo in eternum, donde ante cada catástrofe nos limitamos a hacer lo mismo, sin que jamás la propia responsabilidad sea tenida en cuenta para el ulterior análisis. 


No en vano ya Cuvier dio cuenta de la historia geológica del planeta acudiendo a una serie de catástrofes, que bien pudiera explicar también el origen de la humanidad. Al quedarnos sin la filosofía  metafísica de la historia que pensaron los ilustrados, intenta colarse de prepo una suerte de "Teoría de la inevitabilidad de las catástrofes", que al fin y al cabo, es la que mejor encaja con este hedonismo consumista e irresponsable, quien consagra como fetiche: "un mundo cada vez más imprevisible", en el que lo único que parece importar a cada individuo y a cada pueblo políticamente organizado, es saber en qué lugar va a quedar en la próxima etapa,  dependiendo la supervivencia de la asunción de una responsabilidad global para  con el planeta, so seguimos, sin embargo, comportándonos según los dictados de la ley de la selva, donde incluso hemos elevado la irresponsabilidad, al grado de norma natural, lo que de antemano se cree inmodificable. 

Mencionar la barbarie implícito en este hedonismo hiperconsumista, solo tendría un valor metafórico, y en algún punto del extremo, profético,  pues nadie está dispuesto a renunciar en un ápice a éste consumismo suicida, y por ende a tomar la medidas que aun son posibles, por evitar y prevenir nuevas catástrofes. Y si bien, lo que digo es de orden genérico, en Argentina la ignominia consumista llegó al extremo de hacernos sucumbir ante un fenómeno tan frecuente como ordinario, la lluvia. ¿Es admisible resignar nuestras propias vidas de antemano y a prori ante la lluvia?, entonces ¿qué nos queda ante otros fenómenos naturales potenciados por la propia destrucción del hombre?. No somos sino los signos suspensivos del epitafio de nuestra propia muerte. El decadente Baudelaire lo sabía pero carecía del más elemental instinto de humor para ser un gran poeta. Nuestras carroñas pudriéndose al sol, son ya olores putrefactos, los mismos de las cloacales alegorías de Borges, quienes no nos hacen reír porque no son verdaderamente trágicas y reales, o las explicaciones de las filosofías políticas de los sabiondos de Carta Abierta, que por ser harto cómicas nos hacen amar todavía mas éste culto procaz e ingenuo a la "irresponsabilidad suprema".

 





En honor a la verdad, si es que hay verdad en el honor,  solamente el librepensamiento kamizaze y crítico celebra sin afirmar nada, sin afirmarse ni tomar asiento sobre ningún fundamento dogmático, padre, hijo ni espíritu santo. Toda cultura que se aprecia como tal, se afirma como modo de evadir la catástrofe como proceso sin origen, y sin eterno retorno. La quietud, el reposo, el descanso, la inacción, no preceden al movimiento, el movimiento es el modo en que toda catástrofe busca su fin en la inmovilidad y en la irresponabilidad. Celebrar y afirmar la vida, so estar en movimiento, significa afirmar la noción de la muerte,  y celebrar esa noción de muerte, significa llorar ante un niño en pena, una anciana en brazos, una madre sin techo, un padre sin trabajo, un estudiante sin maestro, una política sin política. 



Sino fueran tan cínicos, sádicos, soberbios, mentirosos y patanes y sino fuera porque han edificado este sórdido culto a la autoadoración de una vacua "perfección", me abstendría de ésta última parte. El kirchnerismo ha imitado a la perfección la imagen de la catástrofe, aunque ésta carezca de imágenes reales, de una moraleja, de un sentimiento emancipador,  y sea la más pura alegoría capaz de sodomizar al mas mentado lenguaje (muy a pesar de sus filósofos posmodernistas). Pero también la "cultura social argentina", es un oxímoron que describe como nadie en qué consiste el "nacionalismo de la nada". Un amor que brilla en un partido de fútbol o en un acto proselitista, pero que se apaga cuando hablamos de las cosas trascendentes y realmente soberanas, lo cual denota claramente que aquel nacionalismo, no es otra cosa que un crípsico sentido de esclavitud al hedonismo, el cualunquismo, el consumismo, la indiferencia social y un raquítico espíritu moral, ético y humano. Me despido a sabiendas que nada cambiará, y que este escrito seguirá vívido por varias décadas mas, tan vigente como ahora y  ayer. "Una vida sin conciencia, no merece ser vivida" (Sócrates)   
Share this article :

+ comentarios + 5 comentarios

6 de abril de 2013, 18:32

Mi Dios, que hermoso trabajo, y qué profundo,crudo, doloroso pero original y descriptivo. Realmente me llena de orgullo tu filosofía e inteligencia. Te felicito como de costumbre. Un besito

Anónimo
6 de abril de 2013, 18:45

Adhiero, muy alto el nivel de éste post, pero luego de ver el perfil del autor, pude entender semejante calidad y como bien dice Marcela, profundidad. Excelente

Alfredo Di Tomassi (Asunción del Paraguay)

Anónimo
6 de abril de 2013, 19:55

10 mas reco,.....ja,ja,ja,ja. Ya nada me extraña de ti Diego, sos un groso. Un abrazo Jesús V.

Anónimo
6 de abril de 2013, 21:07

Aplausos, con pocas palabras, pero con mucha razón y sentimientos. Yo no lo felicito, porque ya no espero menos que esto de usted don Peralta, un MAESTRO con todas las letras. ArmandoLNOL

Anónimo
31 de diciembre de 2013, 13:45

Impresionante, me costó terminarlo, pero valió la pena. Solo me resta decirle al autor, que ahora se lo que es la verdadera filosofía, por suerte. En claro traste con las sanatas y charlatenería de los seudo intelectuales de Carta Abierta. Felicitaciones y Feliz Año Nuevo. Jimena Duarte

Publicar un comentario en la entrada

 
Letras Opacas.org | |
Copyright © 2011. PERIODISMO DE ESCRITORES - All Rights Reserved
Template Created by Creating Website Published by Mas Template
Proudly powered by Blogger
Conseguir la ú…e Flash Player Blogger {{Usuario escritura-4}}