Matemos al hombre, viva el ser humano | PERIODISMO DE ESCRITORES

Matemos al hombre, viva el ser humano

sábado, 26 de abril de 2014 1 comentarios


Escrito por Lic Ramón D. Peralta


Hace mucho no escribo, ¿es que acaso alguna vez lo hice?. Es hermoso no poder recordarse, serendipia divina. Nacer en cada día, morir en cada noche. Escuchar esa hermosa música todo el día, regurgitar in eternum, melodía. Quizás la sabiduría, no sea mas que otra expresión de sinestésica ambición; donde la curiosidad juega el rol de anfitrión de nuestras excelsas miserias. ¿Qué sería de nuestras almas sin la premonición de la utopía?. Hoy no debería llamarme por mi nombre.

La filosofía es un acto de fuga, de vuelo, neurótica búsqueda de consuelo.  La magna paradoja que esclaviza la filosofía, es aquella insinuación de que mejor que saber es buscar. La filosofía, entonces vale mas por la pesquisa que por lo que cree atrapar. No hay peor enemigo de la filosofía que la certidumbre, el saber absoluto es una abominación solo posible en las mentes carentes de imaginación. Mi reino por siempre estar en movimiento. 

La filosofía clásica, como si hubiera una que no lo es, siempre ha sido el motorizador del sinsentido de la negación, un punto de escape a la historia de la humanidad, como último acto de venganza para con nuestra infame condición. Esa concepción utilitarista asignada recientemente a la filosofía, me parece un desbarajuste. Nada mas inútil que la filosofía, y nada mas necesario para nuestra propensión natural a negarnos una naturaleza que nos supera que nos amalgama con el todo, que nos hace fungibles, distantes, insignificantes pero asimismo centro del único universo que pudimos inventarnos. Ese espíritu inquebrantable en el colectivo, que nos lleva a ir por todo, es el epitafio que reza en la lápida de una especie tan destructiva como la nuestra. La filosofía en el fondo, busca probar el sentido de la vida del hombre puesto en éste mundo. Un sentido que apunta hacia adentro, sin posibilidad de retorno, de resarcimiento, de revancha, de solución. 

Con cada nuevo conocimiento, asumimos inconscientes un enorme riesgo dispuesto a correr a perpetuidad, porque el hombre como causa sui, es la mejor metáfora del riesgo para el universo. La historia misma de los deseos del ser según su ser, es la bitácoras del riesgo divino, edípico y libidinal. Hay un exótico morboso hedonismo en la búsqueda de la inmortalidad y de sus argumentos, so que puedan justificar semejante nivel de enajenación de una naturaleza tan real, como la negación que procuramos de ella de manera vocacional.

El hombre quizás se describa a si mismo mediante la filosofía, como la muestra gratis del carácter accidental de la vida del universo. Por ende, toda persecución de la certeza, se torna banal, inocua, inerte, ya que el intuir que el todo y nada se explican en el azaroso movimiento, habremos de concluir pues que si el camino no nos conduce a alguna parte, es porque el universo no tiene una misión determinista, siquiera real.  El universo solo existe como arquetipo de la existencia, pero no hay nada mas allá de esas barricadas iluministas.

Una idea, aquello que usamos como punto de apoyo para construir reflexión metafísica y filosófica, también es algo tenue que flota en el éter, pero con un peso gravitacional tal, que nos obliga circunnavegar en ese plano mesoscópico, como si nuestros análisis fueran satélites condenados a estar suspendidos en las alturas, mientras esos enfoques se empecinan en observar hacia abajo, ese vapuleado planeta, el mismo hombre. No parece de gran mérito pues, que el hombre malgaste ese don precioso, en explicarse a si mismo todo el tiempo, cuando quizás sea mas divertido dar vuelta el observatorio orbital para mirar hacia algo mas allá. 

Esa sensación del yo y mi otredad, de nunca estar presentes en el presente, me inquieta, y debería servir de pista. Hay algo que se nos escapa cuando dejamos de pensar por un milisegundo en nosotros mismos según lo que quisimos construir sobre nosotros mismos, y eso me llena de tribulaciones, también de curiosidad. Ese frenesí por encontrarle el mas conveniente cliché a mis estados emocionales, me ha aburrido hasta el hastío. Acá la filosofía, ha comprobado con impoluta gallardía demostrar ser mañoso aguafiestas de estereotipos y latiguillos envasados. Cosa que irrita a los pragmáticos y comunes, a mi también.  

La antifilosofía se presenta pues, con traje de ceremonia ante una "inteligencia emocional" que tiene mucho de lo segundo y mucho de incógnita en lo primero. Con esto quiero decir, que la indagación sobre la razón pura que ha intentado infructuosamente la filosofía, siempre halló su dique de contención, su linea Maginot, su Muralla China en los sentimientos del hombre. La filosofía nunca pudo vencer esas huestes abstractas, por  numerosas, por poderosas, por desconocidas. 

Pero si ha sido inútil hasta ahora la filosofía en encontrar los fundamentos esenciales, inmanentes y contingentes del pensamiento humano, invisibles han de verse los esfuerzos por ir a las fuentes, a lo rotundo, a lo superior: los sentimientos humanos. ¿Es que acaso debemos interpretar, que si las neurociencias actuales estudian los sentimientos y los pensamientos con el mismo cerebro, debamos augurar la caducidad de la filosofía?. Suena ridículo imaginar que la filosofía deba apostatar ante el novo cientifismo, pero mas paradójico suena aun, ver como el cientifismo abdica ante la superstición sistémica.

Este preludio de la exasperación, se emancipa ante la intuición de la inutilidad de la gnosis, quien de antemano se sabe lo suficientemente dinámica y veloz, como para escaparse cada vez que creemos aproximarnos. Pero si sabemos que la certidumbre sería nuestra destrucción, y que la certidumbre nació inmunizada de toda captura humana, ¿para qué ir tras ella?. Esa supraestructural contradicción humana, que se ubica justo entre la natural propensión a negar la negación, por ende su naturaleza; y  la natural e inmanente curiosidad, es decir esa necesidad por ir por la certidumbre; se constituye para la filosofía como su mejor fundamento existencial. 

Para este nuevo portal invocado por la filosofía cuántica, también resistida (como todo lo nuevo y desconocido), se corporiza una novedosa y amorfa necesidad: la eutanasia filosófica, científica y cultural. Esto significa que para poder ir mas allá, ergo poder honrar este espíritu evolutivo ingobernable y desquiciante, debemos dejar morir nuestros esquemas congnitivos y toda nuestra ingeniería racional; o bien matarla en base a una metafísica nunca antes vista, por portentosa y magistral. El siguiente paso, es dejar de pensar el universo como hombres, osea, decretar la ejecución de la hegemonia humana para la filosofía humana. 

Pensarnos como un algo mas, integrante de un sistema superior que nos contiene y que nos explica. Agudizar la imaginación, para escurrirse mas allá de las fronteras del conocimiento clásico que sobre si cree tener el hombre. Anestesiar esa inteligencia emocional por momentos cada vez mas prolongados, inducir la amnesia centrípeda y centrífuga, de tal manera que podamos pensar el universo y la historia del pasado y futuro con valores equipotentes y equivalentes para con lo que nos supera.  

Cesar de reducir la cosmovisión a nuestras propias limitaciones. Basta de crear el mundo a nuestra imagen y semejanza, e ir por mas, como último acto inteligente presuicidio. Que la extinción nos encuentre justificando nuestra existencia, porque el hombre nació con la condición de justificarse en el absurdo y el sinsentido, y esa existencia solo tendrá validez si podemos probar que tampoco el universo tiene un sentido de lógica clásica, y entonces, sino lo tiene, ir por algo que explique conscientemente esa no lógica  desconocida hasta éste instante. Inventar la palabra que describa ese nuevo pensamiento que partiendo de lo humano se convierta en suprahumano, universal, verdaderamente trascendental; que nos obligue a prescindir de nuestros egoísmos, miedos y sentimientos. Sacrificar la especie humana toda, en beneficio de un todo y nada superior, que por desconocido o por conocer, mas altruista aun. 

Si íntimamente todos intuímos un destino de aniquilación y destrucción, pues justifiquemos ese potencial natural, o dejemos éste mundo como la plaga miserable y ruin que hemos demostrado ser hasta éste preciso momento. Ese amor incondicional por nosotros mismos, que a veces adquiere otras formas mas siniestras, es el motivo de tantas religiones, dogmas políticos y fetichismos. Ni siquiera necesitamos de éste sodomita cuerpo, pues acabemos con él de una vez. El ser humano es mucho mas que una cosa, que una combinación de elementos químicos, que una satrapía demencialmente materialista. Hay que matar al hombre, para de entre sus cenizas nazca el verdadero "ser humano".  
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Anónimo
30 de abril de 2014, 11:52

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